La pintura de Dana Aerenlund es un grito estridente. No se ajusta a cánones convencionales porque es obra de un instinto que se vale de formas y colores para expresarse con fuerza, libertad y poesía, tres elementos característicos del lenguaje plástico de esta artista.
Formada en la práctica cotidiana de su propio taller infantil, sabe imponerse las más altas exigencias. No se inclina por construir una superficie pictórica poco a poco. Sus mejores logros son «a vuelapincel», ya que la velocidad y la fugacidad del tiempo destacan entre sus imágenes frecuentes.
Colores ardientes, quemantes: rojo fuego, azul vertiginoso, blanco hielo, chocan unos con otros para dar lugar a originales formas de mujeres, gallos, hachas, frutas y amplios espacios dinámicos, símbolos de lucha y desafío. Se trata de colores que no están sujetos al objeto; lo rebasan con largas pinceladas que se convierten en formas nuevas, agresivas. La figura gélida de una gran mujer —autorretrato de la artista— arde a pesar del blanco, como metal que acaba de salir del horno de fundición.
Los trazos rojos son como torrentes de sangre que grita. El misterio de la luz da a las cosas brillo, color y ritmo dinámico y sensual, ya que Dana Aerenlund es una pintora que siente horror ante la vida aniquilada y anhela la liberación y el equilibrio restaurado.
Su expresión de líneas quebradas y voces de protesta resulta una aportación al arte mexicano de hoy, dentro de la tradición de los grandes artistas que logran comunicar su angustia vital.
Las personas que entramos en contacto con las obras de Dana Aerenlund experimentamos, de inicio, una compleja reacción en nuestras respectivas sensibilidades estéticas. Se trata de una mezcla de curiosidad e inquietud que deriva, si permanecemos ante sus piezas, en reacciones de impacto y de sorpresa. Es mediante este efecto —del todo premeditado por parte de esta autora— como ella capta y mantiene nuestra atención. Dana consigue tocar nuestras sensibilidades porque recurre a elementos tales como el de lo trascendente y el de lo sentimental. Y también, aunque en menor medida, al de lo precario (pues algunas de sus obras acusan una cierta fragilidad que no necesariamente es física). Las cajas de esta artista son, entonces, elocuentes: le hablan a nuestra parte sensible, primeramente.
El referido impacto inicial no genera un pasmo persistente sino que, por el contrario, propicia una ulterior lectura intelectiva de sus ensamblajes encapsulados en parafina, la cual es apoyada, además, por las reflexiones que la propia autora se encarga de difundir. Los asuntos que aborda están relacionados con su descontento acerca del comportamiento humano actual, así como con el llamado que hace a favor de una ética personal y colectiva. El tratamiento que les da a estos motivos resulta adecuado y persuasivo. Para ella, el arte es de utilidad para crear conciencia. La postura que, ante la realidad, evidencia en sus piezas es de un indudable optimismo; es humanística y evidencia serenidad. En cuanto a la eficacia comunicativa de sus trabajos, cabe destacar la presencia permanente de cierto enigma, lo cual orilla a profundizar en su lectura.
A manera de señal de solidez estilística, en esta serie Dana plantea varios pares de opuestos que concilia a cada momento: en cuanto a los materiales y a los recursos técnicos que utiliza, establece una relación cordial con la tradición y con el presente, al utilizar procedimientos cerámicos provenientes del pasado y combinarlos con secuencias lumínicas y música de la actualidad; para esta artista, entonces, aquello que forma parte del patrimonio cultural del planeta no tiene por qué ser sustituido por los aportes recientes, sino que ambos saberes pueden coexistir de manera armónica. Dana es, al mismo tiempo, audaz y cautelosa en lo tocante al acomodo de sus elementos en las cajas que los contienen. Y acomete con semejante intensidad el todo y las partes que conforman esta exposición. Su obra contiene, entonces, una muy notable suma de aciertos.
En tiempos en que la memoria parece estar reducida a un chip de silicón o al lenguaje cibernético de la palabra digital, cuya precisión la estipula el pobre sistema binario, la obra de Dana Aerenlund nos propone revisar la memoria y el olvido no con unos y ceros sino en el barro, material forjado en el fuego de la paciencia y el tiempo. Cuando han caído en el olvido y se han sepultado los palacios, templos y obeliscos, encontramos la esencia de un pueblo en los vestigios de su cerámica, fragmentos de su alma y su cotidianeidad.
Habitum, dando y dando: los resultados del trabajo de Dana Aerenlund evocan una suerte de avatar en el que nos vemos reflejados como en su espejo opaco, reflexivo, atemporal, implacable con nuestros recuerdos y nuestras añoranzas; avatar como encarnación, que tanto se le ofrece a un jugador de videojuegos como a una deidad hindú: la posibilidad de encarnar en otro, de vivir otra existencia, como juego o como metafísica, y a ratos más real que la vida misma.
La encarnación en barro, hábitos y máscaras sin cara, soplos de vida de dios o de los dioses que recuerdan liturgias y ceremonias fundamentales pero veladas por Mnemósine, madre de las musas y diosa de la memoria y el olvido. En el barro encontramos y reconstruimos vestigios primarios del amanecer y del ocaso como estratos geológicos de nuestra identidad primordial.
Identidad sin personalidad, máscara sin cara… que se forja en la tregua de signos que imposibilitan una lectura unívoca. Como las cicatrices en el caparazón de una tortuga taoísta, la piel de las esculturas de Dana nos habla de sabidurías y presagios del pasado y nos revela un ayer que parece ser mejor opción que el futuro y que es el mejor mañana.
La construcción de memoria como si no hubiera más tiempo: las obras reflejan la fragilidad de los recuerdos, el ocaso de la memoria ante el bombardeo de los mensajes inútiles, y parecen surgir y desaparecer de la fragilidad del barro, del fuego o de la grieta con más firmeza que el granito y con más elegancia que el mármol. Esculturas que son bálsamo para las premuras y los relámpagos, herramientas para que el futuro vuelva a aparecer mañana.
El Teatro Carlos Lazo, de la Facultad de Arquitectura de la UNAM, es un lugar particularmente importante en la vida cultural de la Ciudad de México, no solamente porque en ese recinto se han presentado espectáculos artísticos y reuniones académicas de excelencia a lo largo de sus más de cincuenta años de funcionamiento ininterrumpido, sino también porque, como toda sala teatral que se respete, tiene fantasma.
Bajo sus cimientos y bajo la piedra lava que les sirve de asiento hay una grieta por la que corre un río; en tiempos de creciente deja oír su flujo caudaloso. Para escucharlo es necesario descender hasta el sótano oscuro, verdadera imagen del inframundo que se antoja soñada por el Dante. Ese sitio ahora abre sus puertas para recibir una exposición de Dana Aerenlund. Dije exposición, pero sería más correcto llamarle instalación, ambientación o de otro modo, para el cual no encuentro nombre adecuado.
El otro elemento constante en este conjunto es la caja, elemento anfibológico cuyos atributos son dialécticamente complementarios: es al mismo tiempo continente que aprisiona y escaparate que muestra y comunica.
El simbolismo de los animales e insectos ha tenido una larga y compleja historia en las artes. El águila, el león, el escarabajo sagrado y la serpiente son algunas de las criaturas que encuentran su lugar en las mitologías humanas, y eso sin mencionar a esos seres fantásticos como lo son el dragón, el minotauro, etcétera.
Al parecer, algunos cruzan o atraviesan todas las fronteras culturales, simbolizando características universales de la psique humana y su interpelación con el resto de la vida, la cual, desdichadamente, la humanidad moderna parece haber perdido.
Nuestra interrelación con el resto de la vida es profunda, más de lo que estamos dispuestos a reconocer, y llega a lugares en el fondo del inconsciente humano, hasta los orígenes de nuestra evolución como especie; orígenes que a menudo queremos negar en nuestra quimera de ser tipos de seres superiores y totalmente separados. Hacemos esto pagando un alto precio por nuestra salud mental como partícipes en el resto de la naturaleza.
Las criaturas de Dana son actores simbólicos de su vida interna que ella traduce en imágenes fuertes y bellas. Algunas veces sus mensajes nos molestan (el turbar es una de las funciones del artista), pero si vemos más intensamente encontraremos en ellas algunas de nuestras vulnerabilidades, quizás algunas de nuestras necesidades y hambres enmascaradas, nuestros apetitos, impulsos y deseos más primitivos. Hay una gran comunicación de intimidad detrás de estas a veces fuertes ironías y humor, con las que nos presenta ternura y compasión por el ser humano.
Dana es una mujer, una artista. Importante, ya encaminada. ¡La necesitamos!
William Morris definió el arte como «la expresión, por parte del hombre, del placer que encuentra en su trabajo». El arte de Dana está lleno de los momentos de encuentro y placer que vive al realizar su obra; por ello elegí la frase de Morris para iniciar esta reflexión sobre el trabajo que esta mujer comprometida con su quehacer plástico nos entrega.
En esta ocasión, por medio de piezas de gran formato realizadas en cerámica, los volúmenes escultóricos que realiza Dana muestran líneas serenas, llenas de silencios que son rotos por incisiones acentuadas con un cromatismo de piedra y arena que sobre la superficie nos evocan el nacimiento de plantas y flores, libres en el espacio, cumpliendo con su función de recrear el todo formal, plenas de evocaciones cubrientes y nostálgicas.
Juan Acha, en su libro «Las culturas estéticas de América Latina», al hacer referencia a las piezas cerámicas que nos legaron nuestros antepasados, dice: «para nosotros son obras estéticas por bellas y no por útiles y, por ende, placenteras, como lo fueron para sus productores y sus usuarios».
Yo, como «usuario» que aprecia y vive el trabajo de Dana, me uno a estas palabras; a quienes tengan la oportunidad de acercarse a la obra de esta artista, los invito a que se dejen llevar libremente por la belleza inherente de cada pieza, penetren en ellas y entren en contacto con los sentimientos y el pensamiento plástico-lúdico de su creadora.
Dana Aerenlund transita entre la
Tierra y el sujeto,
sus imágenes son sellos que
detienen la huella del tiempo y la
experiencia en el corazón del hombre.
El dolor de la historia son marcas que
se repiten infinitamente hasta
quedar tatuadas sobre la piel.
Los sellos se elevan al firmamento
y, como constelaciones sin nombre,
giran incansablemente dentro del
infinito, recordándonos que cada
hombre y mujer en su imperfección
conlleva todo el dolor de la historia
de la humanidad.
Yo no soy un buen pintor. Ni siquiera un pintor de orden menor. Diría sin eufemismos que no sé dar ni una solitaria pincelada si no es, en tiempo de estío, a las paredes de mi casa para que se empapen de luz. Escribo. Es decir, soy escribidor de renglones torcidos y de versos que, allá de cuando en cuando, reúno —cual haz de temblorosos tallos de trigo— y ven la luz bajo forma de libro, de artículos de opinión en la prensa cotidiana o en tardes escogidas y selectas como la que hoy estamos viviendo para glosar los pinceles y telas de una amiga, que lo es: Dana Aerenlund.
Sí puedo decir, no obstante, que el verso y la pintura van de la mano como el álamo que proyecta su sombra sobre las aguas del río. Es más, diría que un cuadro pictórico es un poema llevado al lienzo.
La artista quiere revelar, a través de su imaginación, las miserias del hombre y se rebela en un armónico juego de palabras y pinceles. Como el escritor Albert Camus, ella prefiere ser antes solidaria que solitaria.
Vivimos con victorias insensatas donde la familia cobra servicios y condena a sus integrantes a la minoría de edad, donde podemos abrazar, avasallar, descalificar y denigrar a las personas, manifestando así nuestro enorme temor a las otras inteligencias.
Cancelamos nuestros pensamientos y abdicamos a nuestra voluntad. Entramos en estados depresivos que nos eximen del ímpetu y del compromiso. Creemos en libertades ficticias como el consumismo, el alcohol, la fiesta, las drogas. Vivimos al día para no contemplar el futuro. Vivimos con valores prestados. Nos vacunamos contra el sufrimiento propio y ajeno. Nos volvemos invisibles.
Por un compromiso ético y social con la vida: asumamos la historia como asunto propio, pues es la única manera que tenemos de ser en nuestro tiempo y de vivir nuestro tiempo. Reconozcamos y recordemos que nuestra vida es nuestro territorio. No nos desertemos.
Sobre la técnica. Los cajones guardan secretos, indiscreciones, pérdidas, opacidades, lugares grises y dolorosos. Contienen objetos con historias cargadas de simbolismos y significados, algunos frágiles, otros contundentes. Hay cerámicas con técnicas de rakú y terra sigillata porque tienen que ver con lo básico, lo vital y lo mortal. Están inmersos en parafina y trabajados con luz para lograr transparencias, para entender y hacer visibles tiempos diferentes y para enfatizar presencias, ausencias y misterio.
— Dana Aerenlund
Las niñas indígenas están prisioneras… No tienen futuro. La educación, la tecnología y la discriminación se lo impiden. Somos una sociedad erosionada por la discriminación de dinero, de género y de raza.
Lo que agrava su situación es que son indígenas y son mujeres, y la educación que les ofrecemos en México es de muy mala calidad; es como la serpiente divina que se muerde la cola. Nuestras escuelas están llenas de niñas incompletas, inconclusas, invisibles.
La educación para las niñas indígenas requiere de una reforma integral, capaz de ofrecerles realmente un futuro y en la que exista la conciencia de que las mujeres son depositarias de un acervo espiritual, cultural y social especialmente valioso. Requerimos de una educación donde lo importante no sea el capital económico, sino el capital humano.
— Dana Aerenlund
Nos convertimos en una masa amorfa para escondernos de la realidad. Para ubicarnos, consumimos cotidianamente la desinformación que nos brindan los noticieros, el amarillismo, las modas y el ritmo enajenado de la competitividad.
Nos acomodamos en el «qué dirán» para tener la ilusión de pertenecer. Canibalizamos todo aquello que nos saque de nuestra zona de confort.
— Dana Aerenlund